La Navidad es tiempo para dar-pero ¿que haces cuando a nadie le importas? Para Zachary Weston Navidad significa dormir bajo un intenso frío y nieve en un banco en el patio de una iglesia sin esperanzas para el futuro. Echado de su casa por ser homosexual, está sin dinero y sin un lugar de refugio.

Hasta que un desconocido le muestra que hay algunas personas a quién sí le importas Ben Hamilton es un policía novato en su pueblo natal. El encuentra un joven sin hogar, recién llegado de la ciudad, durmiendo en un banco en el patio de la iglesia en una Nochebuena fría y nevada.

¿Será el el que le de a Zachary su propio milagro navideño?

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Extracto

Capitulo 1

La
Primera Navidad
—Oye! No puedes
dormir aquí.
Zachary Weston había cerrado
los ojos y se había quedado dormido. Ese simple hecho significaba que estaba
físicamente exhausto, no podía seguir despierto. Rápidamente se quedó dormido.
El sueño de un hombre desesperado.
A pesar del fuerte dolor en
su espalda baja. Él había resistido el dolor durante la última semana.
Irónicamente las heladas temperaturas habían adormecido sus extremidades,
ayudándolo a calmar el dolor.
En sus sueños él veía una
crepitante chimenea detrás de una reja de hierro, las flamas rojas y doradas le
daban una hermosa luz al cuarto decorado por la Navidad. Un alto árbol estaba
en la esquina más alejada, brillando con pequeñas dulces y brillantes luces y
cintas y esferas de variados colores.
—No puedes dormir aquí.
Los regalos estaban
dispersos y apilados al azar y descuidadamente acomodados, eran demasiados.
Libros y música y caliente ropa estaban envueltos en brillante papel y listones
plateados o dorados, su nombre escrito en letra dorada, algunos de ellos le
correspondían.
—Oye, no puedes dormir aquí.
Afuera estaba nevando, no
una tormenta, solo suaves copos. Que caían en una hechizante danza que se unían
en suaves capas sobre el ya escondido a la vista césped. El frio se quedaba
fuera de la ventana en donde las gotas se congelaban como delgados dedos blancos
que formaban patrones de hielo al azar sobre el vidrio que reflejaba los
colores de las luces del árbol.
—Oye…
Zach se inclinó y tomó el
primer regalo, vio a su mamá. Ella sonrió al ver a su hijo tan emocionado,
asintió compartiendo el entendimiento con su papá. Ambos tenían mucho amor en
sus ojos.
—¡Oye!
Alguien le hablaba fuera del
cuarto, pero él no podía ver quién. Pero eso no importaba porque si se
concentraba con fuerza él podría enfocarse en los regalos. Se estremeció, el
frio penetraba en él, e inconscientemente se movió más cerca del fuego, frunció
el ceño cuando el calor cerca de él disminuyo. Estúpido fuego. Tomó el
siguiente regalo, jaló el papel rojo y plateado y descubrió una suave, gruesa y
cálida sudadera, en el sorprendente azul que su mamá decía que combinaba con
sus ojos. A pesar del fuego, él seguía malditamente frio, y rápidamente se puso
el caliente y suave material que al hacer contacto con su congelada piel se
sentía muy confortable y cálido. Sonrió mientras era envuelto del afecto, del
amor y el calor de una Navidad familiar mientras él estaba con su suéter.
—No puedes dormir aquí.
Zach se despertó. La voz
fuera del cuarto repentinamente estaba justo en su oído y los últimos vestigios
de sueño no eran nada más que recuerdos en su cabeza. Abruptamente, sus ojos se
abrieron completamente y después de un segundo, se enfocó en la fuente de las
palabras. Zach realmente veía muy poco más allá de la borrosa insignia plateada
y el uniforme azul marino y entonces se enfocó en los ojos de quien hablaba.
Había una ligera iluminación debido a las farolas de la calle y había humo
blanco en el aire, creado por la respiración del hombre. ¡Mierda!. Alguien
debió haberlo visto y lo reportó, o el policía lo vio. Él se tendría que mover
de nuevo. Jaló su delgada chaqueta para cubrirse, el recuerdo del suave
material azul le llegó a la cabeza y se desorientó momentáneamente.
Zach tenía la esperanza de
evadir a la ley, cautelosamente optimista se había quedado en el cementerio
esperando que fuera un santuario para pasar la Noche Buena.
—Lo siento. —Dijo
rápidamente, poniéndose de pie tan rápido como pudo moverse, eso no fue
realmente rápido considerando el frio dolor que parecía dividir sus huesos en
dos. Maldijo cuando se le cayó la manta de sus entumecidas manos y cayó sobre
la nieve en sus pies. Eso era lo único que tenía para calentarse, una raída
pieza de tela que se había robado de una tienda de segunda cuando la mujer le
dio la espalda. Y ahora la maldita cosa estaba húmeda.
Aún así, ese no era el
momento para preocuparse por eso; el policía quería que él se moviera. Se
inclinó para levantarla, solo que la tierra pareció girar a una alarmante
velocidad frente a su cara. Fuertes brazos lo sostuvieron evitando que cayera
de cara en la nieve, pero él se giró rápidamente apartándose. El hombre podría
ser un policía, podría usar una placa, pero nadie lo tocaba. Zach sabía lo que
él podría querer del niño que aún era. Él no era un estúpido, y él había
esquivado lo suficiente en la ciudad.
—¿Qué edad tienes? —el
policía preguntó, viéndose preocupado y muy autoritario.
—Dieciocho —Zach rápidamente
mintió. Dio un paso atrás hasta que sus piernas toparon contra la banca en la
que había estado descansando. El policía se acercó, parecía grande a pesar de ser
unos centímetros más pequeño que Zach, su cara profundizó el ceño fruncido.
—¿Qué edad tienes realmente?
—El policía insistió, su expresión calmada, su voz baja y curiosa.
Zach mordió su labio
inferior, sintiendo la sangre caliente contra su lengua, el estremecimiento que
comenzó en su interior se convirtió en un temblor manifiesto que sabía que
incluso el policía lo podía ver. Cuidadosamente Zach levantó la manta, empapada
y helada y trató de crear una barrera entre él y el oficial de
la policía con la intensa mirada.
—Diecisiete— finalmente dijo
Zach, deteniendo los dientes para evitar que castañearan, —pero cumpliré
dieciocho en unos días—. Él agregó lo último, dándole al policía una salida.
Pero él quería agregar. Solo déjame en paz. No lastimo a nadie.
—Ben Hamilton. —El policía
dijo suavemente, le extendió la mano como si esperara que Zach se la
estrechara. Zach estaba confundido, esperando por el brillo de las esposas,
inseguro él enterró sus manos entre la manta que sostenía.
El policía, Hamilton, no
movió la mano, la sostenía firme y fija. Finalmente Zach sacó su fría mano, la
textura del guante de piel del oficial era suave y extraña al tacto.
—Zach. —Se presentó con suma
cautela, recordando no mencionar su apellido. El policía no lo jaló, solo
asintió y retiró su mano.
—Entonces, Zach, ¿Qué sucede
contigo? ¿Por qué estabas acostado en una banca de la Iglesia San Margaret en
Noche Buena?
El oficial no gritó,
preguntó tranquilamente, pero Zach inmediatamente iba a comenzar a defenderse.
El gesto en la boca del policía era de preocupación y entrecerró los ojos
mientras contestaba.
—Yo… —Zach se detuvo,
pensando en las posibles mentiras, en las historias que había usado para
persuadir a la gente para que lo dejara en paz. Nada parecía correcto en este
momento. Había algo en el policía. Un hombre que no parecía mucho mayor que él.
Un oficial que no era un policía de la ciudad sino un policía de una pequeña
ciudad. No podía ser parte del sistema como los policías de la ciudad que le
dirían que se fuera a casa. No tengo casa. Quizás… ¿quizás debería
decirle la verdad?
—No puedo ir a casa ahora
—finalmente dijo, sobresaltándose cuando la mano enguantada del policía trazó
el moretón sobre su ojo izquierdo y la línea de su mandíbula.
—¿Quién te hizo esto, Zach?
¿Sucedió aquí en esta ciudad?
Las palabras del policía
eran suaves quería compartir el secreto, suavemente insistiendo, no a modo de
policía. Zach se alejó instantáneamente del suave toque. Una fría cuchillada de
incertidumbre se le clavaba en la piel mientras que contemplaba los oscuros
terrenos de la solitaria iglesia con este hombre. Parecía suficientemente
amistoso, pero ¿Qué si solo era otra actuación? Cuidadosamente y tratando de no
revelar sus intenciones, el vio a la izquierda y luego a la derecha. Si él
fuera a correr, necesitaba saber a dónde dirigirse o podría ser arrinconado si
le daba la delantera. A la derecha había un denso follaje que bloqueaba la
salida, a la izquierda estaba la puerta del cementerio de la iglesia y unos
escalones de piedra. Esa era la mejor apuesta. Cambió el peso a su pierna
derecha preparándose para en un momento empujarlo y correr hacia la puerta. Su
pierna tembló con el aumento de presión y sabía que probablemente se caería con
el primer escalón. Aun así cualquier plan era mejor que no tener un plan.
—Me caí —dijo firmemente, la
misma línea que había usado la mayor parte de su vida, la misma línea con la
que se había ganado miradas que iban de la piedad a la duda. Cuando él les
decía esas palabras a la gente de los comedores de beneficencia, a los policías
en la esquina, o en el albergue de desamparados, le habían insultado, le habían
hecho proposiciones, le habían gritado o empujado con disgusto. No esperaba más
de otro hombre con autoridad.
—Uh huh. —El oficial no
presionó por más información, solo asintió ante la sencilla declaración y dio
un paso apartándose. Él habló directamente en su radio. — Me dirijo a casa
ahora nada de qué preocuparse en la iglesia. —La estática quebraba la calma de
la nieve cayendo en el aire, una delgada voz respondió el mensaje en el radio
con una serie de códigos y un nombre, Ben. El policía vio a Zach, y Zach evaluó
que ahora el policía estaba a dos pasos de distancia de él, dirigirse a la
puerta sería más fácil. —No puedes quedarte aquí. Te encontraré un cuarto para
esta noche, trataremos con lo demás mañana.
Zach abrió más los ojos. No
iba a ir a ningún lado con extraños, no a menos que él estuviera bajo arresto.
¿Ese policía iba a encontrarle un cuarto? Probablemente uno en las afueras
llamado motel. Mierda.
No había forma de que eso fuera a suceder. Apenas y
había salido con vida dos noches antes de una propuesta mucho más envuelta en
la sugerencia de esperanza que lo que el policía le había dado. Zach había sido
más que ingenuo.
Enderezándose en toda su
altura él apretó los labios con determinación. Él no iba a intercambiar un
infierno por otro, no correría el riesgo.
—No. Gracias, pero no, tengo
que… ir a la estación a tomar el tren. —Trató de que su voz no se oyera con
desesperanza, intentó oírse seguro. Oyó las palabras en su cabeza y él sabía
exactamente lo que él estaba diciendo. Claramente tenía el propósito de
quedarse en la banca bajo la nieve la Noche Buena y el policía debería de
respetar eso. Este es un país libre.
—Está bien, Zach —el policía
suspiró—, podemos hacerlo de una de dos maneras. Es tarde y es la noche antes
de Navidad. Realmente quiero ir a casa a estar con mi familia y tú lo estás
haciendo muy difícil. Ahora o vienes conmigo, a comer algo decente, darte una
ducha y quizás ponerte algo de ropa cálida y luego tener un buen sueño en una
cálida cama. Esa seria tu elección, o puedo hacer esto oficial, arrestarte y
obligarte a ir.
Zach oía cada palabra viendo
alrededor desesperado, la pequeña iglesia, el cementerio, la banca, la nieve y
de nuevo al policía que realmente se veía joven frente a él. Estaba tan
enproblemado. El hielo bajo sus pies subía por sus miembros llevando ese
insistente dolor. Estaba perdiendo la fuerza de sus piernas. Él había estado
huyendo durante muchos días, había logrado mantenerse lejos de todo y de todos,
y solo faltaban dos días más para que dejara de huir. ¿Por qué ahora su cuerpo
había decidido renunciar?
—Entonces —el policía
continuó—, no tenemos toda la noche. Realmente no quiero pasar toda la Noche
Buena parado ante tu cuerpo congelado y explicando tu muerte a los médicos.
¿Entonces que elijes?
Él no tenía una elección.
Esa era una situación sin elección. Él sabía eso y el policía sabía eso. Se
enderezó lo mejor que pudo. El dolor en su baja espalda ardía más que lo usual,
a pesar de que el frio de la banca lo había entumecido ligeramente.
—Está bien. —Zach dijo
tranquilamente. Después de todo él era un policía. ¿Qué podía estar mal en
querer estar caliente una sola noche? —¿No en una celda? — preguntó
cautelosamente.
El oficial Hamilton se dio
media vuelta y comenzó a alejarse de la banca.
—No, no en una celda.
—¿Lo promete? —¡Maldición!
¿Podría haberse oído más infantil? Había manera de que se oyera como un adulto
responsable que tenía bajo control su vida. No.
El policía se detuvo al
verlo, y metió las manos en
los bolsillos de su gruesa chaqueta. Zach se encontró viéndolo con
envidia.
—Lo
prometo. —Se giró, claramente esperando que Zach lo siguiera, cómo lo hizo. Él
lo hizo. Recorrió el helado camino con los delgados tenis que se había
encontrado tirados hace una semana. Maldijo por lo bajo, el policía llevaba
botas que le ofrecían agarre para la nieve y él tenía que luchar para
mantenerse de pie. Era humillante andar trastabillando por el camino igual a un
patético perrito perdido detrás del policía. Al mismo tiempo, Zach admitía que
él no podría rebasar al policía si decidiera actuar ante el impulso de alejarse
como alma que lleva el diablo del hombre uniformado. Así que lo siguió lo mejor
que pudo.
* * * * *
Caminaron en silencio por
cerca de unos diez minutos en las frías calles vacías, pasaron por la plaza
principal y la pequeña biblioteca con un reloj en la pared. Eso le decía que
eran las once y media.
El policía se detuvo frente
a la pequeña tienda con el letrero de cerrado en la puerta, revisando la puerta
y viendo el vacío interior.
Zach solo veía, raspando el hielo
de los tenis con la banqueta. Entonces el policía guio a Zach hacia su casa al
final de una hilera de casas similares. Las cortinas estaban abiertas y Zach
pudo ver por la ventana, las luces del árbol de Navidad dándoles la bienvenida
a ellos que seguían el limpio camino. El oficial Hamilton se desató sus botas
de nieve en la puerta y le indico a Zach que lo siguiera.
Zach vaciló. Podía sentir el
calor del interior, al ver las suaves luces de Navidad que decoraban la casa.
Sin embargo el policía le estaba pidiendo que entrara a su casa. Nadie sabría
que Zach había entrado en la casa. Con el policía. Con un extraño.
—¿Ben? —La voz era suave, y
una mujer apareció desde alguna parte del interior del brillantemente iluminado
vestíbulo, deteniéndose a un lado del policía. Ella era pequeña y bien
arreglada y tenía una expresión de preocupación en la cara. Ella le recordaba a
su propia madre, sin la mirada de agotamiento que ella siempre parecía llevar—.
¿Que sucede?
—El policía se quitó la
chaqueta y la colgó en un gancho, quitándose los guantes y las pesadas botas.
—Tenemos un huésped por
Navidad, Mamá — contestó suavemente, haciéndole señas a Zach por la puerta del
frente y, como si entrara en un sueño, arrullado en parte por la voz de la
mujer, Zach entró por el umbral. El calor contra su congelada piel se sentía
caliente y doloroso y parpadeo ante el repentino cambio en su cuerpo mientras
cerraba la puerta detrás de él. Un momentáneo miedo hizo que le doliera el
estómago. Él no había estado detrás de una puerta cerrada en una semana y estar
ahí lo sentía como una prisión mientras rápidamente podia decir.
Acogedor interior.
El policía, Ben, lo guio al
interior del cuarto, donde la chimenea crepitaba detrás de una reja, el árbol
estaba cerca
de la ventana y había
regalos distribuidos al azar por el suelo. Zach le dio una real mirada al
hombre que lo había sacado del cementerio de la iglesia. Era ligeramente más
bajo que Zach, sólidos y fuertes músculos, cabello oscuro y ojos avellana. El
uniforme se veía bien en él, ajustado y limpio. Zach odiaba los uniformes. El
policía no se veía como el oficial que cuida la seguridad en los parques o en
el oscuro lugar en donde él se había dormido. No se veía fastidioso o suspicaz
ni duro. Eso ponía nervioso a Zach el enfrentarse con la contradicción en su
mente.
—Este es Zach. Necesita algo
de ropa y un lugar donde pasar la noche. —La voz de Ben era profunda y segura.
Él no dio excusas por traer a un extraño a la casa de su mamá, y en respuesta,
ella no se veía para nada enojada. ¿Qué, esto era como una casa de familia de
telenovela?
—Hola,
Zach. —Se estremeció ante las suaves palabras de la mamá del policía. —Ve y
límpiate y yo calentare algo de sopa—. Ella no esperó a que él respondiera sí o
no, pero en ese momento, Zach pensó que un baño limpio y realmente lavarse y
quizás una cena caliente sería suficiente como para hacer que llorara. — Ben,
muéstrale a Zach el cuarto de baño, dale una maquina de afeitar desechable,
unas toallas y algo de tu ropa, querido—. Ella entonces le sonrió, pero Zach
estaba desorientado, exhausto, y adolorido. Todo lo que pudo hacer fue quedarse
de pie, no pudo formar palabras ni siquiera corresponder la sonrisa.
* * * * *
La siguiente hora fue un
estupor de calor y agua en la ducha, la puerta la había cerrado con llave para
que nadie pudiera entrar. La cuchilla de afeitar raspó al retirar el delgado
vello de su barba de la cara. No había usado un cepillo de dientes en una
semana. Se cepilló los dientes con un nuevo cepillo mientras se veía en el
espejo sobre el lavabo. Zach finalmente se sintió limpio por primera vez en
siete días.
La última vez que él había
logrado limpiarse había sido hace dos días en la sala de espera de la estación
de autobuses y el agua del lavabo estaba sospechosamente café. Tenía un boleto
para salir de la ciudad en el bolsillo, a donde lo pudieran llevar, dieciocho
dólares y veinte centavos. Por su propia seguridad él necesitaba salir de
Harrisonburg. Solo Dios sabría a donde lo llevaría el camino, pero mientras él
había trazado con su dedo a lo largo de la ruta 181 en el mapa en la pared,
había esperado que quizás pudiera llegar hasta Winchester. Ahí era donde un
primo segundo vivía y quizás ellos podrían aceptarlo hasta después de año nuevo.
La asistente detrás de la
ventanilla realmente no se había reído de él, pero ella le dejó claro que sería
afortunado si lograba llegar a mitad del camino con esa singular manera de los
adultos que venden boletos. Él había aceptado lo que había conseguido.
Terminando aquí en Dios sabe en qué lugar de Virginia, a medio camino de la
seguridad.
Se observó a si mismo
desapasionadamente en el espejo de cuerpo completo en la puerta del cuarto de
baño. Su cuerpo siempre había estado demasiado delgado, mientras crecía
rápidamente, pero ahora su cuerpo era huesudo. Sus ojos se veían cansados y su
piel tenía un tono gris que hacía incluso más notoria su delgadez. Al menos su
cabello estaba limpio, cepilló hacia atrás su húmedo cabello rubio oscuro
alejándolo de la cara. Sus ojos azules parecían salirse de su cara. Estaban
rojos y con ojeras y el hematoma purpura en el borde no ayudaba en el asunto.
Se veía patético. Se sentía patético.
El policía le había dejado
unos pantalones de algodón eran un poco cortos para su largo y delgado cuerpo,
pero estaban calientitos y secos y se sentía limpio usándolos, sobre su limpia
piel. Él se puso la camiseta y después una sudadera y se secó el cabello con la
toalla y se vio de nuevo en el espejo del cuarto de baño, inesperadas lágrimas
llenaron sus ojos. Por primera vez en días, Zach estaba realmente viéndose a sí
mismo en algo diferente al aparador de una tienda. Sabía que había perdido
mucho peso, podía sentirlo en los jeans que había estado usando, pero en el
espejo solo veía una sombra de sí mismo, golpeado, exhausto y tan malditamente
delgado.
Él se veía como el
estereotipo del chico de la calle, y se asustó que en tan poco tiempo hubiera
desaparecido el adolecente normal que luchaba con la escuela, quebrándose ante
la imagen frente a él.
Él sabía que él tenía que
enfrentar al policía y a la mamá del policía porque seguro como el infierno que
no podría quedarse en el cuarto de baño para siempre.
Cuidadosamente él abrió la
puerta de baño, una pequeña parte de él esperaba que el policía estuviera
afuera con las esposas. Él no estaba ahí, pero eso no hizo que Zach se sintiera
menos nervioso. Se dirigió al pasillo, siguiendo las voces hacia la cocina.
Aparentemente ellos estaban hablando acerca de él, porque cuando entró al cuarto,
el silencio fue inmediato y de alguna manera incómodo. El policía estaba
sentado frente a la mesa con una taza en sus manos, se veía imposiblemente
joven para ser un policía a la brillante luz de la cocina. Su —de Ben
mamá estaba junto a la estufa moviendo algo en una olla. Sus claros ojos
avellana eran cálidos mientras ella lo veía a él, sus labios se curvaron en una
sonrisa. Tendría que tener cuidado con lo que dijera y no hablar demasiado de
sí mismo.
—¿Caldo de pollo está bien,
cariño? —ella preguntó gentilmente, cuidadosamente.
—Dios si, —Zach dijo
rápidamente, hizo un gesto de dolor ante su pérdida de control y se dio cuenta
lo que había dicho. Era posible que se sintiera alejado de Dios por dejar que
lo golpeara y lo rechazara su padre, pero eso no significaba que los otros no
tuvieran creencias. Debía cuidar mejor su boca. —Lo siento, señora —balbuceo
rápidamente—, quiero decir, si, me gustaría algo de sopa.
El policía resopló divertido
y su mamá palmeó el hombro de su hijo, amonestándolo por el inapropiado
comportamiento. Ella sirvió lo que parecía el cielo en un tazón, diciéndole a
Zach que se sentara y procedió a verlo como un halcón a su comida. Él no podría
preocuparse por la forma en que ella lo veía o el policía que no se había
movido de su asiento y aún lo observaba. De hecho probablemente ambos lo
estaban juzgando por su apariencia y por donde lo había encontrado el policía.
—¿Ben, querido, ya estas
libre?
—Hasta mañana.
—Ve y quítate el uniforme.
Hay algo de tu ropa arriba del último fin de semana. Quizás puedas darme algo
de tiempo a mí y al joven Zach para que hablemos.
Zach levantó la cabeza, con
su pan a medio camino de la boca. Hablar. Mierda. Estaba tan
enproblemado.
—Regreso en diez minutos, —Ben
dijo, claro y firme, y Zach lo miró, había una advertencia en la expresión del
policía —No te metas con mi mamá. Asintió ligeramente para hacerle saber
a Ben que había entendido el mensaje y vio como el hombre de anchos hombros
dejaba la cocina.
—Entonces, Zach, ¿supongo
que no estás aquí por que tú lo hayas decidido? —Ella comenzó muy inocentemente
mientras le servía más sopa y le daba más pan. Ella lo miraba fijamente. Se
preguntaba qué era lo que ella veía en él y se sintió avergonzado de los viejos
y nuevos hematomas en su cara, medio cubiertos por el aún mojado cabello rubio
que lo tenía hacia su cara para esconderlos. Sabía que se veía más joven de sus
cerca de dieciocho y que fácilmente lo confundían con alguien menor. Zach
estaba consciente de cada pequeña sensación en su cuerpo, el calor, la paz, la
quietud, la aceptación, pero todo eso era un error en ese momento. Él no se
merecía eso, y no sabía cómo manejarlo.
—No, señora —finalmente
dijo, mordiendo el pan y unas migajas cayeron en su sopa mientras comía. Si él
tenía la boca llena de comida, quizás él podría evitar decir algo más. Había
tenido suficientes sermones en su vida como para ser capaz de evadirlos.
—Ben dice que casi tienes
dieciocho, pero que solo sabe tu primer nombre.
Maldición. Su
apellido, ella quería saber su apellido. Él supuso que ya no importaba mucho
ahora, cuando no había manera de que regresara a su casa. Solo faltaban dos
días para que cumpliera dieciocho. Era demasiado tarde para que la mamá del
policía rastreara a su familia. Tragó el pan y la sopa de su boca y se limpió
la boca con el dorso de la mano, él captó la tranquilidad en los ojos de la
mujer.
—Zachary Weston, señora —él
finalmente se presentó—. Cumplo dieciocho el veintisiete de diciembre. —Ella
asintió pensativamente y él rápidamente se llevó otra cucharada de sopa a la
boca, el calor se deslizaba por su garganta como un cálido terciopelo. Ella no
habló inmediatamente, solo veía la taza entre sus manos antes de hacer la
siguiente pregunta.
—¿Puedes decirme por qué no
estás en casa con tu familia? —Ella vaciló por un momento, inclinando la cabeza
a un lado. —Supongo que tienes familia.
—Si, señora, tengo familia.
Mamá, papa y una hermana. Ellos —mi papá— ya no me quería en la casa.
—¿Qué hiciste para merecer
eso? ¿Estabas con la gente equivocada? ¿Drogas? ¿Alcohol?
El dolor se disparó en su
interior ante las opciones que ella le daba. Eran las razones por las que un
joven generalmente se quedaba sin hogar. ¿Ella pensaba que él era un adicto?
Nunca había tocado un cigarrillo, menos drogas o alcohol… cerró los ojos
brevemente. ¿Por qué pensaba ella que él era el culpable? Sabía que se veía lo
suficientemente mal como para que la gente supusiera que estaba en algo que lo
dañaba. Evitó su mirada viendo fascinado la sopa, su cabello cayó de nuevo
escondiéndose así de la perspicaz mirada. ¿Debería decirle toda la historia?
¿Podría ella querer oír todos los reales detalles? Otra gente había preguntado,
pero ellos realmente no querían oír.
¿Debería él darle todos los
detalles acerca del estricto ex-militar que era su padre quien creía que las
lecciones deberían aprenderse mediante castigos corporales? ¿O del hecho de
haber sido educado en casa y del hecho de que no tenía amigos? Quizás solo
debería de ir por la opción más fácil, la verdad de fondo de lo que le sucedía.
Él no quería mentirle. La vio directamente, la sopa se sentía inestable en su
estómago.
—Sucedió porque soy
homosexual —él dijo simple y suavemente y ella se inclinó para oírlo, entonces
ella frunció el ceño y se recargo en su silla.
—¿Y huiste? —ella preguntó
simplemente.
—¡No!— La reacción de Zach
fue instantánea. — Ellos trataron de arreglarme, pero eso no funcionó. No
quería que funcionara. Ellos me dijeron que me fuera.
—Ya veo. —Eso fue todo lo
que ella dijo. No oyó disgusto en su voz, pero eso no fue como que ella saltara
inmediatamente y descartara lo homosexual y lo abrazara.
—Gracias por la sopa,
señora. Aprecio su ayuda y la de su hijo. —Él tropezó al levantarse, sintiendo
agujas y alfileres en las piernas, y se dirigió al pasillo solo para detenerse
porque el oficial estaba bloqueando su camino. El hombre se veía fresco de la
ducha con el oscuro cabello en puntas y sus ojos avellana viéndolo
intensamente, se veía menos como policía y más como un tipo normal.
—¿A dónde crees que vas?
—preguntó, con su cabeza inclinada como enfatizando la pregunta. Zach vio la
intrigada mirada en los ojos del tipo y entonces vio una profunda compasión que
no había visto en mucho tiempo.
—Me voy, señor…oficial.
Mire, gracias por su ayuda. Lo siento. —Las palabras de Zach salieron
temblorosas, pero se aseguró de que su intención fuera obvia. Él estaba
determinado a irse. Ellos no lo iban a querer bajo su techo ahora. Al menos él
había conseguido llevar una comida caliente a su estómago y sería un maldito si
regresaba la cálida ropa que usaba. Solo tenía que encontrar sus zapatos, y
podría irse. Probablemente podría adelantársele al policía, tenía buenas
posibilidades dado que el otro hombre estaba descalzo. Zach bajó su mirada y
arrastró los pies pasando por su lado, pero fue detenido por una fuerte mano en
su brazo.
—¿Mamá? ¿Él te hizo algo?
¿Estás bien?
Ben ignoró a Zach, que se
movió de un pie al otro tratando de liberarse del agarre de Ben, la ansiedad y
el pánico se construían en su interior. Él no le había hecho nada a la mamá del
policía; él no podría. Débilmente él jalo su brazo, pero el maldito policía lo
tenía con un agarre de acero.
—Parece que los padres de
Zach lo echaron por ser homosexual — ella le contestó simplemente. Zach se jaló
logrando moverse en el cuarto. La expresión de Ben cambió a ira. Mierda, Zach
pensó inmediatamente, aquí viene. Y cuando el policía levantó una mano,
Zach se encontró preparándose para el inminente golpe.
En lugar de eso, el policía
colocó su mano suavemente en el hombro de Zach y pareció ignorar el hecho de
que Zach se había hundido de miedo.
—Eso sucede mucho —dijo el
policía simplemente, su cara de alguna manera parecía amable cuando dijo eso—,
pero en esta casa eso no es un problema. Mamá tiene un hijo hetero, casado y
con dos hijos, y una hija con dos novios al mismo tiempo. —Hizo una pausa,
dejando que entendiera la primera parte. — Además ella me tiene a mí, a su hijo
policía homosexual.
—Oh —fue todo lo que Zach
pudo decir, frotándose el brazo en donde Ben lo había agarrado para aliviar el
dolor.
—El que seas homosexual no
es algo que afecte el que te quedes aquí. ¿Bien?
Zach se giró para ver que la
mamá de Ben, seguía sentada ante la mesa, ella estaba asintiendo estando de
acuerdo. Se sentía extraño. Era como una amable e irreal reunión con gente
excepcionalmente linda que eran amables con un extremadamente solitario joven
de la calle. Parpadeó, abriendo más los ojos a todo lo que lo hundía, demasiado
bueno para ser verdad, pero de algún modo era muy real.

—Me voy a la cama, Ben. Por
qué no te sientas un momento con Zach, y luego le muestras el antiguo cuarto de
Jamie, hay ropa de cama limpia en el closet. — Ella se levantó dejó los tazones
en el fregadero y abrazó a su hijo. —Ellie llegará a las dos. Ella lo prometió.
Así que mantente despierto por mí.